Lactancia materna y apego.

Lactancia materna y apego.

El apego y la lactancia natural han cobrado mucha importancia en las últimas dos décadas, tanto a nivel mundial como nacional, debido a que, un Buen Apego favorece los lazos afectivos entre la madrey su hijo y se relaciona con mayor duración y mejor calidad de la lactancia natural, lo que a futuro, estimula un mejor desarrollo psicomotor y una salud óptima para el niño.

La lactancia natural exclusiva, al menos durante los primeros seis meses de vida, por si sola determina una disminución de la morbimortalidad en el niño y en su propia madre. Resulta de extraordinario interés destacar, que investigaciones de los últimos años demuestran fehacientemente, que los niños que al menos fueron alimentados durante seis meses con lactancia natural exclusiva son más inteligentes y presentan con menos frecuencia diferentes enfermedades como asma bronquial, enfermedades atópicas, enfermedades gastrointestinales, leucemias y otros cánceres, obesidad, diabetes mellitus tipo I y II, enfermedades autoinmuni-tarias, etc., en comparación con los niños que no tuvieron ese privilegio. Al largo plazo continúan con mejor salud, con menor incidencia de enfermedades cardiovasculares, cerebrovascu-lares, cánceres y enfermedades autoinmuni-tarias en general.

Pero también las madres se benefician al corto y largo plazo, con una anticoncepción natural durante la lactancia, mayor rapidez en la recuperación del peso previo al embarazo, menor incidencia de osteoporosis, menor incidencia de cáncer de mama y ovarios.

Existe abundante bibliografía que apoya lo anterior y además lo relaciona, inclusive, con otros problemas de la infancia, como por ejemplo Maltrato Infantil. Se ha observado que un porcentaje de los niños maltratados presenta el antecedente de “mal apego” inicial o “disfunción” del mismo, frecuentemente asociado a prema-turidad o patología perinatal. El Niño Vulnerable, que enferma con frecuencia, pese a que los estudios inmunológicos y otros de laboratorio resultan normales y el Mal Progreso Pondo-estatural (“Falla en la Medración”), sin explicación nutritional o endocrinológica, también han sido relacionados a deficiencia o disfunción en el apego.

Más que paradójico es el hecho de que ningún país en el mundo, pese a lo contundente de las evidencias científicas, tenga leyes sociales o legislación, que genuinamente protejan el apego y la lactancia natural exclusiva a través de estímulos y licencias prenatales y postnatales, por los períodos adecuados (mínimo de un mes prenatal y de seis meses postnatales), considerando que se podría disminuir laprematuridad y gran parte de la patología del niño y su madre, tanto al corto y mediano, como al largo plazo.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su legislación comparada, exhibe grandes diferencias entre los distintos países afiliados, en lo relativo a las licencias pre y postnatales. Desde la ausencia de las mismas (en algunos estados de USA deben ahorrar vacaciones legales para ese período), hasta la posibilidad de conservar la plaza de trabajo sin remuneración por 3 años, como sucede en Estonia o la posibilidad de acceder a un trabajo de media jornada laboral mientras el niño es lactante como en algunos países europeos.

Pareciera ser que la protección del apego y lactancia natural exclusiva no ha sido la posición política de ningún país, sino más bien, conquistas laborales de las mujeres trabajadoras a lo largo del mundo en las últimas cinco décadas. Más bien se tiende a castigar la maternidad, en vez de premiarla y ello está constituyendo el drama de esos mismos países, cuya población ha envejecido y la fuerza laboral para mantener al país y sus jubilados, se va viendo disminuida.

Chile tiene la posibilidad de ser pionero en este campo. En el año 2001, durante el Congreso de Pediatría se emitió la “Declaración de Pucón”, que defiende los derechos del recién nacido y su madre. Esta fue enviada a todas las Sociedades de Pediatría del mundo y a los Ministerios de Salud de los países afiliados a la OIT. En el año 2002, la Sociedad Chilena de Pediatría entregó en la Oficina de Partes del Congreso Nacional un proyecto titulado “Prolongación de la Licencia Postnatal a Seis Meses, para proteger el Apego y Lactancia Natural”, previamente conocido y aprobado por la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados. Hoy sólo resta reactivar dicho proyecto, que fue apoyado y financiado en parte por la UNICEF, especialmente en el estudio de evaluación económica que forma parte de este número especial de la Revista. De legislarse y aprobarse, Chile sería el primer país en el mundo con la política de proteger el apego y la lactancia natural de acuerdo a las legítimas necesidades del recién nacido y su madre, basado en la medicina de las evidencias y no como consecuencia de conquistas laborales de la mujer trabajadora, aceptando el aporte científico de las Ramas y Comités de expertos de la Sociedad Chilena de Pediatría.

El apego o Imprinting o Bonding, como se menciona en inglés, fue detectado científicamente por psicólogos experimentales, hace más de seis décadas. Ellos observaron que cuando se apartaba al cordero recién nacido de su madre inmediatamente después del alumbramiento por algunas horas, ésta no lo reconocía como hijo propio cuando le era devuelto. Más aún, se negaba a amamantarlo y hasta le podía agredir. Pero si no se interferían las primeras seis horas de vida del corderito junto a su madre y luego se les separaba, cuando éste retornaba al alero de su madre, ésta lo acogía, cuidaba y amamantaba con normalidad. Algo muy importante en relación al apego, ocurría en las primeras horas de vida del corderito junto a su madre, lo que determinaba las conductas posteriores. Estas horas iniciales fueron denominadas período sensitivo. El período sensitivo fue ratificado en todos los mamíferos estudiados. Dicho período, también lo encontramos en nuestra sabiduría y cultura popular. Es reconocido el hecho de que en nuestros campos, no se “molesta” durante el período sensitivo a los animales domésticos o a los de crianza.

Antes de los sociólogos y psicólogos experimentales, los artistas con su especial sensibilidad habían detectado y reflejado en sus obras muchos aspectos de la Relación Madre-Hijo, desde el Renacimiento a través de algunos bocetos de Miguel Ángel, hasta el período del Impresionismo, especialmente con la pintora Mary Cassat, que dedica más de setenta cuadros a esta temática, a fines del siglo XIX.

A finales de la década de los sesenta, los doctores M. Klaus y J. Kennel en Cleveland (Ohio, USA), se preocuparon del tema y se preguntaron cómo se producía el apego y cuál era el período sensitivo en el ser humano. Para ello estudiaron en primer lugar los eventos importantes en la formación de una futura madre, separándoles en el tiempo en tres períodos:

- Antes del embarazo. Planificación del embarazo.

- Durante la gestación. Confirmación del embarazo, aceptación del mismo, movimientos fetales y aceptación del feto como individuo. En esa época no existía la ecografía obstétrica que hoy en día también juega un rol importante en la conducta materna al permitir la visualización activa del feto, reforzando las futuras conductas de apego.

- Después del parto. Nacimiento, ver, tocar, oler y reconocer al hijo y comienzo del apego inicial.

Los estudios sociológicos de variados grupos étnicos aislados, en distintas fases evolutivas desde el paleolítico en Australia, tribus indígenas de Africa y Amazonia y algunos reductos indígenas de USA aportaron un hecho muy interesante. Todos los grupos étnicos estudiados tenían algo en común: el parto era un evento privado donde se protegía la intimidad de la madre con su recién nacido, en las primeras horas de vida, para después transformarse en un evento social. Esas primeras horas, a la luz de los conocimientos actuales corresponden al Período Sensitivo.

Con estos antecedentes, en 1964, Klaus y colaboradores comenzaron un estudio prospectivo en dos hospitales pequeños de la ciudad de Guatemala (Experiencia de Guatemala), tras haber fracasado en sus intentos de definir el período sensitivo y apego inicial en hospitales de USA, debido a la tremenda medicalización del proceso de embarazo y parto, que impedía observar la conducta espontánea y natural de una madre con su recién nacido.

En dicha experiencia se organizaron dos grupos de madres. En el primer grupo, se permitía a las madres permanecer en íntimo contacto (“piel con piel”) con su recién nacido, durante 45 minutos y luego se continuaba con la rutina habitual: llevar el recién nacido a la sala cuna y trasladarlo con su madre cada 4 horas para estimular e iniciar lactancia. Al segundo grupo se les retiraba el recién nacido inmediatamente después del parto, durante el alumbramiento, sin oportunidad de contacto inicial, y posteriormente se continuaba la misma rutina del primer grupo, trasladando al hijo a la sala cuna. Ambos grupos eran idénticos y comparables (primíparas, primigestas, de edades entre 18 y 25 años, embarazo normal y sano y con pareja estable), salvo en el hecho de que el primero tenía un contacto íntimo con su hijo durante 45 minutos. A los seis meses de vida, los lactantes del primer grupo pesaban en promedio 490 gramos más y la mayoría conservaba la lactancia natural exclusiva, en comparación con el segundo grupo. Al año se apreció en el primer grupo, un significativo mejor desarrollo psicomotor. En el segundo grupo hubo mayor número de infecciones y consultas médicas por morbilidad durante el primer año de vida.

Estos hallazgos fueron suficientes para sospechar que efectivamente existía un período sensitivo en el ser humano y que en ese lapso de tiempo comienza una etapa muy importante del Apego.

Durante este período sensitivo se desarrolla un apego progresivo que se explica por las interacciones recíprocas entre la madre y su hijo en los primeros momentos de relación.

El recién nacido viene preparado para esta interacción. Normalmente los recién nacidos duermen la mayor parte del tiempo, en los primeros días de vida, con escasos momentos de alerta. Pero al nacer, al cabo de 3 a 5 minutos, comienzan un estado de alerta muy significativo de alrededor de 40 a 60 minutos, que es el más largo del primer mes de vida. Es durante esta alerta, donde el recién nacido está genéticamente preparado para esta mágica interacción. Si la práctica hospitalaria retira al bebé de su madre en este preciso período, priva a ambos de esta maravillosa vivencia inicial y disminuye parte de la calidad e intensidad del apego.

En esta primera interacción madre-hij o, ocurren muchos fenómenos interesantes. Primero la madre observa a su recién nacido ojo a ojo. El niño responde concentrando la mirada en su madre. Luego comienza a tocarlo delicadamente y de manera progresiva, comenzando generalmente por las manitos, luego los pies y finalmente el resto del cuerpo. La madre le habla suavemente con voz de tonalidad alta. El RN responde con algunos movimientos tenues de cara y manos; esto confirma a la madre que el niño está atento y en comunicación directa con ella. El niño llora. El llanto erecta los pezones maternos y estimula a las hormonas prolactina y ocitocina. Se produce una sincronía entre el lenguaje materno, cadencioso y los movimientos del niño. La madre lleva al RN al pezón y éste lo frota hasta que emerge la primera gota de calostro, plena de linfocitos T, linfocitos B y macrófagos, que entregan al niño la clave de los anticuerpos a formar, para defenderse de la flora bacteriana de la piel materna. Estos primeros momentos e interacciones son primordiales en el inicio del apego.

Hoy sabemos que existe un Período Sensitivo, en el cual se producen los primeros pasos de apego, el que se irá reforzando día a día en los días sucesivos, hasta constituir el mayor lazo afectivo que existe en la humanidad: la relación madre-hijo, relación única que vincula al hijo con su madre de por vida. Es por esta fuerte relación que la madre provee el alimento y cuidado de su hijo con tal constancia y dedicación, que ello explica la supervivencia de nuestra especie en los últimos 200 000 años, con períodos glaciales y grandes desastres naturales.

¿Podemos favorecer el apego?

Desde luego y ello implica educar a los humanos desde su más tierna infancia. El apego no es privativo de las mujeres, también se extiende a los varones con su descendencia.

Las niñitas y niños deben ser preparados para la maternidad y paternidad desde muy pequeños. Deben ir recibiendo la información acerca de la maternidad de acuerdo a su capacidad cognitiva, aprovechando toda instancia positiva respecto a este tema. Por ejemplo, vivenciando el embarazo de un familiar o amiga cercana, o el embarazo de una mascota. Transmitiendo experiencias positivas frente al tema. Evitando comentarios negativos como “el dolor del parto”, “las molestias del embarazo” y otros, y fomentando “la maravilla de la maternidad “, “lo fascinante del embarazo”, “lo extraordinario de la lactancia”, etc.

Se debe estimular en las niñitas los juegos con muñecas relativos a maternidad y lactancia.

Existe una clara diferencia entre niñitas que han recibido mensajes positivos frente a embarazo, parto y lactancia y aquellas que han recibido mensajes negativos. Las primeras son más proclives a la maternidad y por lo general tienen mejores embarazos, partos más fisiológicos y mayor calidad y duración de la lactancia, en comparación a las otras.

Durante el embarazo, se debe educar a la futura madre en todo lo relativo a las bondades del apego y la lactancia natural exclusiva, en lo posible incluyendo a su pareja. Se les debe enseñar que su recién nacido es una personita con capacidad de ver muy bien y en colores, y que puede escucharla desde las primeras horas de vida. Será capaz de reconocerla a través de su visión, audición y olfato. Y más aún que tratará de comunicarse con sus padres a través de un tenue lenguaje mímico-gestual, que ellos descubrirán de manera intuitiva e inequívoca.

Señalarles reiteradamente, que el hijo viene preparado para conocerles y comunicarse con ellos y que a la vez, ellos también estarán preparados para ese evento merced a la genética y la sabia naturaleza.

Durante el parto es recomendable la presencia del padre, para lo cual debiera ser preparado e instruido. Es fundamental que la madre, si no existe contraindicación médica (¡Que pocas veces existe!), tenga la oportunidad de permanecer al menos durante las tres primeras horas, en íntimo contacto con su hijo, estando éste desnudo y entre sus pechos, en contacto “piel con piel” y con la máxima privacidad que sea posible. Permitir que el recién nacido, a través de su olfato y movimientos reptantes se aproxime al pezón y comience a estimularle para inducir las hormonas prolactina y ocitocina, tan beneficiosas para el apego, la lactancia materna y la prevención de hemorragias uterinas después del parto.

En el puerperio inmediato, lo ideal es no separar a la madre de su hijo. Permitir que éste quede junto a ella, en una cuna anexa a su cama, donde sea posible mantener un contacto visual y táctil constante. Los profesionales de la salud serán responsables de supervisar un correcto inicio del apego y de la lactancia y aprovechar toda instancia educativa para esos padres.

Cuando la madre e hijo sean dados de alta y trasladados a su domicilio, es conveniente “por indicación médica” proteger al máximo la intimidad de la pareja y restringir las visitas de familiares y amigos, para permitir un progresivo ajuste en el apego y lactancia. Las visitas pueden ser diferidas por algunas semanas, hasta que la madre haya logrado una lactancia eficiente y se haya recuperado del cansancio y las molestias físicas posteriores al parto. Esto último previene angustia, disfunción de apego, agotamiento físico y garantiza una mejor calidad de lactancia. Desde entonces, será el pediatra, con el rango de médico de la familia, quien irá dirigiendo a los padres en esta nueva experiencia.

¿Podemos detectar precozmente disfunción en el apego?

La disfunción en el apego puede ser detectada, tanto en la madre como en el recién nacido, a través de una acuciosa observación clínica y conversando e interrogando a la madre. Debemos recordar que dicha disfunción es perjudicial tanto para la madre como para su hijo.

La madre con disfunción en apego, es una mujer tensa y angustiada, que se siente incompetente para criar y amamantar a su hijo porque básicamente no se puede comunicar con él y no entiende sus claves comunicacionales. No discrimina entre un llanto de hambre, de sueño, de enfermedad, de estar sucio e incómodo, o de otra naturaleza. Ello la impulsa a conductas, a veces, muy neuróticas, de sobrealimentación forzada, de excesivo número de mudas e inclusive consultar médico sin ser necesario. Esta situación de angustia e incompetencia, la va deprimiendo progresivamente hasta el grado de perder la motivación por su hijo, terminar la lactancia natural y llegar al extremo de perder el amor por él. Ello, en casos extremos puede explicar diversas conductas de maltrato hacia su hijo, transformando a su pareja en cómplice.

El recién nacido o lactante menor con disfunción en apego, también está muy tenso. Comprende a su manera, que algo no funciona bien, que no es entendido en sus demandas y que es, de cierto modo, agredido con la alimentación y demás procedimientos. Altera su ritmo de sueño y alimentación, padece de aerofagia y cólicos consecuentes, y desarrolla conductas reactivas a dicha agresión, con rechazo al exceso de alimentación y llantos excesivos e incontrolables. Ello, confunde más a su madre y se crea un círculo vicioso en el cual cada uno agrede y enferma al otro.

Una detección precoz de esta disfunción en el apego por un profesional de la salud con experiencia, puede revertir el problema y reen-cauzar el apego hacia una evolución normal. A veces sólo basta con explicar a los padres la naturaleza del problema y convencer a la madre de su real competencia en la crianza de su hijo para que el problema se solucione, y verificar en controles posteriores los resultados de la intervención. Otras veces, el problema es más complejo y requiere del apoyo del psiquiatra y/o psicologa.

Recién nacido sano con apego normal

- Está siempre contento.

- Mirada atenta, especialmente con su madre.

- Se calma en brazos de su madre.

- Buena succión y deglución.

- Manifiesta su hambre y plenitud.

- Adquiere un patrón de alimentación regular, sin cólicos.

Recién nacido sano con apego patológico

- Está irritable y/o dormilón.

- Mirada esquiva.

- No se calma en brazos de su madre (esta, lo mece constantemente).

- Succión pobre o descoordinado.

- Aerofagia y vómitos frecuentes.

- Llanto muy frecuente.

- Adquiere un patrón irregular de alimentación.

Madre sana con apego normal

- Contenta con su recién nacido.

- Tranquila frente al disconfort de su hijo.

- Alerta con sus demandas, que reconoce claramente.

- Muy positiva con su hijo.

- Reconoce y respeta su temperamento.

- Le ayuda a organizarse.

- Se adapta a su patrón y ritmo de alimentación.

Madre sana con apego patológico

- Ansiosa y deprimida frente al disconfort de su hijo.

- No entiende ni atiende bien demandas de su hijo.

- Muy estresada y sobreprotectora con su hijo.

- Desconoce su temperamento y ve atributos negativos en él.

- No detecta las claves de hambre o plenitud y tiende a sobrealimentarlo.

- Hipoestimula o sobreestimula.

- No logra un ritmo y patrón alimentario normal.

Lactante de 6 a 12 meses sano con apego normal

- Alerta, sonriente, feliz, reactivo.

- Mirada y actitudes proclives a la comunicación.

- Comunicación vocal, táctil y mimicogestual.

- Prefiere a sus padres, en vez de otros adultos.

- Disfruta la alimentación (¡Esungourmetj).

- Comunica claramente hambre y saciedad.

- Patrón alimentario y de sueño bien regulados.

Madre de hijo de 6 a 12 meses con apego normal

- Placer consigo misma y su hijo.

- Comprometida y estimuladora.

- Ve atributos positivos en la conducta de su hijo.

- Alimentación placentera para ambos.

- Optima calidad y cantidad de lactancia y otros alimentos.

- Toma y acuna bien, en sus brazos a su hijo.

Lactante de 6 a 12 meses con apego patológico

- Triste, retraído e hipervigilante.

- Evita contacto visual.

- Vocaliza poco o no lo hace.

- Ausencia de conductas anticipatorios.

- Esquivo, al tomarle en brazos.

- Indiferente con los adultos.

- Vómitos frecuentes o rumiación.

- Indiferencia con su madre y la alimentación, pero no con la cuidadora.

Madre de lactante de 6 a 12 meses, con apego patológico

- Desapegada y deprimida.

- Ansiosa y agitada.

- Comparte poco tiempo con su hijo.

- Fallas en la interacción.

- No responde ni entiende claves.

- El acto de alimentación es mecánico, sin afecto.

- Toma mal a su hijo, en sus brazos.

- Escaso contacto visual entre ambos.

- Indiferente con la nutrición de su hij o.

Con estos elementos de observación es posible detectar precozmente una disfunción en el apego, que habitualmente se asocia a problemas en la lactancia natural. Es de la más alta importancia que los profesionales de la salud sepan y puedan enfrentar esta situación. Un buen apego junto a una lactancia materna eficiente son determinantes para una excelente salud física y emocional del niño en el futuro, incluyendo un mejor coeficiente intelectual.

El gran desafío para los pediatras este siglo XXI, es lograr institucionalizar y transformarse en los paladines del apego y lactancia natural exclusiva durante los primeros seis meses de vida.

Para ello será preciso una mayor presencia en la comunidad a través de los medios informativos, continuar educando e investigando. Incorporar esta temática en el currículo de enseñanza básica y media, previo adiestramiento del magisterio. Incorporarla además, al currículo de todas las carreras relativas al área de la salud, comenzando por medicina, obstetricia y enfermería. Luchar por prolongar la Licencia Postnatal a seis meses y finalmente, predicando con el ejemplo.

El futuro de la humanidad está en el cerebro de los niños. Si cuidamos el cerebro, tanto físicamente como emocionalmente, desde la gestación hasta el término del desarrollo (edad pediátrica), con especial énfasis en el Apego y la Lactancia Natural Exclusiva, nuestros nietos vivirán en un mundo mejor.

EDUCAR Y CUIDAR, DOS TÉRMINOS INSEPARABLES.

¿Hablamos de riesgos?

La historia de los debates que se han desarrollado especialmente en Europa y Estados Unidos, acerca de los efectos de la institucionalización temprana, pone en evidencia que el tema conlleva una importante carga emocional por parte de los mismos investigadores y que por ello la polémica es tan intensa.  Algunos argumentan que es muy riesgoso hablar de riesgos.

Otros pensamos que sólo identificando los factores que pueden poner en riesgo el desarrollo del niño será posible diseñar una institución capaz de abordar el desafío de mitigarlo.

Para marcar un punto de comienzo de esta polémica acerca de los riesgos, nos remontamos a principios de 1951, cuando el doctor John Bowly, psicoterapeuta infantil de la clínica Tavistock de Londres, publica su primer informe en la OMS titulado “Maternal care and mental health” (cuidado materno y salud mental), donde analiza la influencia adversa que el cuidado maternal inadecuado durante la primera  infancia tiene sobre el desarrollo de la personalidad.  Llama la atención, además, sobre la aguda aflicción de los niños que se ven separados de aquéllos a quienes conocen y aman, y hace recomendaciones sobre la mejor manera de evitar, o al menos disminuir, los efectos nocivos a corto y a largo plazo.  También indica, en este informe, que a una institución parece resultarle especialmente difícil proporcionar cuidados maternos de la calidad y cantidad esperados en un ambiente familiar (Bowly, 1951).

Sin duda, esta observación significa que hay que tener muchas precauciones al destinar a un niño a cuidados institucionales.  No cabe, por ello, automáticamente preferir un hogar malo a una institución buena, pero en cada caso hay que examinar muy bien la calidad de las atenciones que el niño recibe.  No se trata de poner en cuestionamiento la institución como tal, sino pensar qué le sucede a un niño cuando no recibe los cuidados adecuados, cuando sus necesidades emocionales no son respondidas.   Y comenzar a formular preguntas acerca de los riesgos para tratar de comprender mejor en qué consisten y cómo se construyen estrategias para garantizar un espacio de crecimiento que brinde seguridad emocional al niño.

James Robertson, colaborador de Bowly, psicoanalista y trabajador social, se interesó, desde 1948, en la relación madre-hijo, especialmente en los efectos de la separación de la madre durante el primer año de vida del niño.   Sus investigaciones han tenido el propósito de contribuir al mejoramiento de las prácticas en las instituciones dedicadas al cuidado de niños.  Junto con su esposa Joyce realizaron una serie de estudios fílmicos para determinar cómo estas instituciones se organizan para satisfacer las necesidades emocionales básicas de los niños separados tempranamente del núcleo familiar.  Por influyente que resulte la palabra escrita, no se puede comparar con el impacto emocional que produce una película.   Las escenas ilustran la sucesión de respuestas, tales como la protesta, la desesperación y del desapego, desarrolladas por Bowly y Robertson, al observar a niños pequeños separados temporalmente que sus madres (Robertson y Bowly, 1952).

En uno de los estudios Robertson se muestra a un niño de 18 meses, cuidado en una institución a cargo de diferentes cuidadoras y en un entorno desconocido para él, en su patética búsqueda de un vínculo sustituto materno.  Las imágenes hacen vivenciar al espectador cómo puede uno llegar a sentirse ante la pérdida de alguien de quien se depende afectivamente.  El sistema de funcionamiento institucional, en este caso, fracasa en responder adecuadamente a las demandas afectivas y se produce un estado de desapego, el niño ya no puede aceptar la contención afectiva que se le ofrece.

Durante los primeros días en la institución, el pequeño se comporta la mayor parte del tiempo como lo hacía en su casa, confiado de que las personas del entorno van a responder a sus necesidades como lo habían hecho sus padres.  Cuando esto no ocurre, comienza a mostrarse preocupado y confundido, pero no se derrumba en forma inmediata.  Realiza decididos intentos para captar la atención de las cuidadoras, pero los otros niños, acostumbrados al cuidado institucional, presentan  conductas más acertadas con las cuales él no puede competir.  Sus acercamientos silenciosos y sus miradas demandantes no son advertidos.  Al cabo de unos días, al no encontrar un adulto con quien establecer un intercambio duradero, comienza  gradualmente a angustiarse.  Así, no recibe la atención individual que necesita para ayudarlo a sostener la pérdida temporal de la madre.  La angustia y luego la desesperación  lo invaden.  Luego, rechaza el alimento y las ofertas de juego. Cada vez se retira más la vida bulliciosa que lo rodea.

Ha quedado abrumado por una situación que intentó enfrentar utilizando los recursos que poseía y luego renuncia entrando en un estado de apatía.

Estas observaciones confirman que, en circunstancias en las cuales se priva al niño de un vínculo estable que le provea cuidados maternos, con el tiempo llega a actuar como si los cuidados maternos, con el tiempo llega a actuar como si los cuidados maternales y el contacto con los seres humanos no tuvieran mucho significado para él.  Manteniéndose alejado de las personas, evita ser tratado de un modo hostil, es decir, que tiene miedo de sentirse apegado por temor a otro rechazo. Los autores infieren, entonces, que en la medida en que se le provean al niño institucionalizado cuidados sustitutos maternos se logrará garantizar el apego con la figura real de la madre, en la medida en que el niño continuará sintiendo que estar apegado es, en definitiva, una experiencia valiosa.

Compartimos las ideas de Robertson cuando afirma que lo que habitualmente se consideraba como una consecuencia directa de la separación, y por tanto inevitable, es causado por el sistema de cuidados inapropiado: no es la separación de la madre en sí misma la que es nociva, sino qué  tipos de cuidados se le proveen al niño en ausencia de la madre. No se trata de sustituir a la figura real de la  madre, sino cubrir el vacío de función materna en la que se encuentra el niño (Robertson,1998). No se está diciendo que un niño separado de su entorno familiar está en riesgo: está en riesgo en el hogar o en la institución si no recibe cuidados maternales adecuados, si no se le ofrecen vínculos estables de apego.

LA TEORÍA DEL APEGO

LA TEORÍA DEL APEGO

Bowly, posteriormente, desarrolla con profundidad la teoría del apego para explicar mejor los fenómenos vinculados a las relaciones tempranas del niño con las figuras de crianza. Sus formulaciones teóricas están basadas en una investigación realizada por Mary Ainsworth, en 1978, mediante el procedimiento de observar a niño en una situación extraña.

Ainsworth se dedica a investigar los problemas del apego y la separación en un estudio en el cual observa las respuestas de los niños sometidos a una situación de prueba en un entorno que les resulta extraño.      Allí observa las respuestas de los niños, que van desde la exploración activa, falta de interés o ambivalencia, hasta inhibición para explorar la situación extraña en presencia y luego en ausencia de sus padres. Luego, reúne datos como para proponer una hipótesis que vincula las experiencias precedentes de cuidados maternos con una forma de comportamiento ante una situación extraña. Los  hallazgos muestran que,  con tan solo escasas excepciones, existe una relación directa entre un apego seguro con la madre y la manifestación de seguridad en sí mismo para abordar situaciones nuevas y entablar nuevos vínculos.

Lo interesantes de estos estudios es que nos revelan  un nuevo significado para el concepto de dependencia. Tradicionalmente se consideraba el mantenimiento de una  dependencia con las figuras de crianza como una condición adversa o regresiva. La teoría del apego muestra que cierto  tipo de dependencia es necesaria para el desarrollo de la confianza en sí mismo.

Bowly define apego como “cualquier forma de conducta que tiene como resultado el logro de la conservación de la proximidad con otro individuo claramente identificado, al que se considera mejor capacitado para enfrentarse al mundo”. Saber que la  figura de apego es accesible y sensible le da  a la persona un fuerte y penetrante sentimiento de seguridad y la alienta a valorar y a continuar la relación. Si bien esta conducta es obvia en la primera infancia, en realidad se conserva durante toda la vida, sobre todo en situaciones de emergencia. Todos nosotros seguimos estableciendo apegos durante toda la vida y estamos necesitados de las personas que sentimos más aptas  para que nos cuiden. Como se dijo, la conducta de apego se activa frente a determinadas condiciones. Por ejemplo, se activa en el niño frente al dolor, la fatiga, y cualquier  situación  atemorizante. También cuando la figura de la madre parece inaccesible. La función de esta conducta es la protección.

Existen pruebas abundantes de que casi todos los niños habitualmente prefieren a una persona, por lo general su figura materna, a la cual acuden cuando están afligidos, pero que en su ausencia, se las arreglarán con alguna otra persona, preferentemente alguien que conocen bien.  Hemos observado que los chicos muestran apegos preferenciales, hay una jerarquía de preferencias, pero si se encuentran en una situación extrema y no hay una figura conocida disponible a quien acudir, aceptan incluso a un desconocido amable.  Se puede afirmar, entonces que hay apegos múltiples que se manifiestan en diversas circunstancias, pero un apego duradero está limitado a unos pocos.  Si el vínculo de apego es accesible al niño y funciona bien, le dará sentimientos de seguridad y alegría.  Por el contrario, si la relación de apego resulta amenazada, produce ansiedad y sentimientos de enojo.  Cuando la figura de apego se pierde produce dolor y depresión.

El niño presenta diferentes reacciones según las figuras de apego se encuentren accesibles o no.   La forma en que reacciona un niño ante la separación de un vínculo de apego o figura proveedora de cuidados parece estar relacionada, no con la inmediata vivencia de peligro o dolor, sino con la sensación de un aumento de riesgo.  Es decir, toda separación de un vínculo de apego es vivida como si aumentaran los riesgos, aunque no haya ningún peligro real; esto demuestra lo fuerte que es el vínculo de apego.

Cuando un niño no ha podido establecer apegos porque no encuentra un adulto sensible que le dé una respuesta adecuada, surge una sucesión de etapas, tal como se describen en el caso mencionado, que puede desembocar en un estado de desapego.  Esto significa que el niño ya no muestra señales de buscar alivio, aunque lo necesite.  Puede suceder que el niño no logre manifestar conductas de apego en forma temporal, pero si la incapacidad de manifestar apegos permanece es preocupante.

En los casos en que los niños son objeto de cuidados maternos insensibles, las consecuencias son deplorables.  Aumenta el temor del niño a perder a su madre, aumentan sus demandas en relación con la presencia de ella y también su ira ante las ausencias.  Estas experiencias también pueden conducirlo a la desesperación por tener una relación segura y cariñosa con cualquiera.

Estas observaciones – confirmadas por otros investigadores como Mahler (1971) – en todos los casos apoyan la idea de que el niño en estado de desapego tiene miedo a sentirse apegado a cualquiera por temor a experimentar otro rechazo, y la angustia y la ansiedad que esto le produce.  Como resultado existe una obstrucción importante que se contrapone a la expresión o incluso al sentimiento de su deseo natural de una relación íntima y confiada de cuidados, consuelo y amor.

CONTRIBUCIONES DE LA TEORÍA DEL APEGO A LAS PRÁCTICAS PEDAGÓGICAS.

CONTRIBUCIONES DE LA TEORÍA DEL APEGO A LAS PRÁCTICAS PEDAGÓGICAS.

Si consideramos las aportaciones de la teoría del apego, podemos inferir algunas cuestiones que son relevantes para mejorar la calidad de las prácticas  cotidianas.  Esta mejora sólo puede operarse desde una comprensión profunda surgida de una reflexión.  Toda reflexión requiere herramientas teóricas que nos permitan ver y hacer una lectura para discriminar los factores que inciden en cada situación y comprender las posibles causas, luego, entonces, formular hipótesis explicativas.  Así podremos estar en mejores condiciones para elaborar estrategias más adecuadas para cada circunstancia y ensayar nuevos modelos de abordaje.

Cuando estas herramientas teóricas están ausentes, recurrimos a explicaciones a veces limitadas, lineales, descontextuadas, que no nos permiten comprender la complejidad de un hecho.  Así se nos hace difícil construir modelos de respuestas posibles ante las demandas infantiles y, en consecuencia, respondemos con estereotipos.  Ante situaciones diversas nos damos explicaciones similares.  Por ejemplo, si un niño llora, decimos que tiene sueño o que se trata de un capricho.  Por el contrario, si nos encontramos ante un niño que no expresa demanda alguna, pensamos que se siente muy bien y que no necesita nada.

Las investigaciones acerca de la teoría del apego nos ayudan a organizar mejor la tarea en la medida en que nos permite encontrar respuestas a preguntas tales como: ¿qué es nocivo o qué es más complejo para el niño: que un vínculo se rompa o que no se establezca?   A esto se le ha prestado escasa atención y, sin embargo, presenta un gran interés teórico y una enorme importancia para la práctica y la organización institucional.  Por ejemplo, si se considera que el factor nocivo es la ruptura del vínculo, entonces puede ocurrir que la vida institucional esté organizada de modo que ninguno de los cuidadores tenga un contacto suficientemente intenso con los niños para evitar que se desarrollen vínculos, porque si estos no se establecen, probablemente los niños sufrirán menos cuando estas personas que los atienden sean trasladadas a otras tareas.

Si creemos, por el contrario, que la imposibilidad de formar vínculos, de vivenciar relaciones afectuosas estables resulta más nocivo, deben realizarse todos los esfuerzos posibles para asegurarse de que los cuidadores tengan una interacción intensa, estable, continua, con cada uno de los niños, con el objeto de estimular el establecimiento del apego.  Toda la organización de la tarea será diferente si pensamos que el factor más nocivo es la imposibilidad de establecer vínculos de apego y no la ruptura de un vínculo.

Esto vale, especialmente, para los niños más pequeños, ya que a partir del tercer año de vida el niño necesita ampliar su mundo de relaciones y la posibilidad de establecer contactos con diferentes adultos resulta enriquecedora.

Otra problemática que nos preocupa se vincula con el proceso de adaptación del niño a la institución.  Los estudios realizados permiten comprobar que la perturbación inmediata durante el ingreso en una institución parece guardar relación con: la separación de todas las personas a las que el niño se siente apegado; una falta de oportunidades para formar nuevos apegos- en razón del continuo cambio de personas de la asistencia-, y un entorno extraño.

Estos datos aportan información para la toma de decisiones, ya que nos obligan a tener en cuenta ciertas prioridades a la hora de planificar los ingresos.  Es necesario pensar en algunas estrategias que atiendan a estas necesidades.  En algunas instituciones se proponen encuentros previos del niño con la maestra, se organizan formas graduales para el retiro de la madre, acordes con las necesidades que el niño manifieste.  Es importante la flexibilidad para aceptar e incluso promover la presencia de otra figura familiar para que acompañe al niño en caso de que la madre no pueda asistir durante este proceso.  Se puede, además, tratar de que no ingresen muchos niños nuevos a la vez, de modo tal que la maestra pueda, en los primeros tiempos, atender en forma más exclusiva a cada uno.

Durante el período de ingreso de los niños a la institución, observamos algunas escenas típicas que dan cuenta de la necesidad de establecer vínculos que el niño manifiesta.  Por ejemplo, es frecuente observar que, debido a su necesidad de recibir atención, los niños se muestran dispuestos a interactuar con cualquiera que se les acerca.  Es decir, que cualquiera adulto podría brindarles un vínculo que los provea de cuidados maternales.  Es más, a veces, los niños suelen buscar el contacto con otras personas a quienes perciben como “más disponibles” que la maestra de la sala.  Es así como se acercan a una mamá que entró a la sala, a la portera, o a la secretaria que pasaba por allí, porque perciben que la maestra se encuentra demasiado requerida por otros niños con quienes, de otro modo, tendrían que competir para recibir su atención.  En cambio, ocurre que estos otros adultos aparecen ante sus ojos como en mejores condiciones para proveer cierta atención exclusiva.

Por otra parte tenemos que estar atentos, ya que la necesidad de apego puede activarse ante diversas circunstancias que no siempre aparecen claramente definidas.  Entonces, el niño puede estar necesitando mayor contención aun pasado el momento del ingreso.

No debemos olvidar que hay un efecto básico seguro: un niño con un apego seguro está mucho más dispuesto al juego y a la posibilidad de alejarse para explorar el mundo, conocer y aprender.  Los estados de ansiedad inhiben la posibilidad de juego e intensifican la búsqueda de apegos.  El establecimiento de vínculos de apego implica una interacción recíproca entre el bebé y el adulto, en el que ambos participan en un rol activo, y en el cual el adulto se encuentra en condiciones  de interpretar y comprender las demandas del niño.  Con frecuencia, las maestras ofrecen oportunidades de juego a las cuales el niño no puede responder porque está necesitando un reaseguro emocional.  En esos momentos puede ocurrir que la maestra le ofrece propuestas de juego apropiadas para su nivel evolutivo, pero el niño no puede jugar porque está angustiado, y sólo busca consuelo.  Una vez calmado puede comenzar a jugar, sin embargo, cualquier intento de alejamiento puede regresarlo al estado anterior.  Entonces la tarea pedagógica consiste en proveer reaseguros emocionales que favorezcan que el niño se sienta confiado para tomar iniciativas de exploración de los objetos que lo rodean.

Otras implicancias para la tarea pedagógica se refieren a la necesidad de trabajar con los padres o con las figuras del núcleo familiar del niño.  La función pedagógica no se limita al trabajo con los niños.  Es necesario pensar estrategias para mantener sensible el vínculo con el núcleo familiar, para concienciar a los padres de la importancia de mantener vivo y sensible el intercambio con su hijo.  Una mamá que delega puede perder esa “sensibilidad” que la lleva a responder a la demanda de su bebé.  El vínculo es mutuo; la madre hace enormes renuncias para atender a su bebé, y eso sucede porque está comprometida afectivamente, porque se ha establecido un vínculo.  Cuando las oportunidades para interactuar con el bebé se encuentran restringidas, en esta etapa puede ocurrir que el compromiso afectivo sea frágil, entonces las renuncias son vividas como una carga y la madre se encuentra menos disponible para responder.

Estos casos se presentan cuando vemos que algunos padres, a pesar de encontrarse con mayor disponibilidad de tiempo por vacaciones o por cambios en su horario laboral, no modifican el tiempo de asistencia del niño al jardín.  Ésta es también una tarea  del jardín: Concienciar y abrir espacios para mantener sensible el vínculo, no restringir la entrada de los padres, y plantear la importancia de que mantengan un intercambio fluido todo el tiempo que sea posible.

En algunas instituciones se restringe la entrada de los padres en forma excesiva, bajo el argumento de que la presencia de los padres interrumpe las actividades que realizan los niños.

Cuando se toma una decisión de este tipo, se pone en evidencia que no se ha  priorizado el sostenimiento del vínculo del niño con su entorno familiar, en este caso, no se considera valioso favorecer la interacción del niño con sus padres tanto como sea posible.  Por otra parte, se equiparan las actividades de los niños pequeños a las propuestas escolares, que requieren un clima de concentración que sí puede verse obstaculizado por la presencia de los padres.

En todos los casos, las decisiones se toman dando prioridad a algunos aspectos de la tarea sobre otros.   Otro ejemplo es el pasaje de los niños cuando adquieren una pauta madurativa con el objeto de mantener la homogeneización de los grupos.  Esto ocurre muchas veces en detrimento de los vínculos afectivos que el niño ha establecido, ya que al cambiar de grupo y de maestra pierde los apegos ya  construidos.  Este criterio de homogeneización parece sustentarse en la necesidad de instalar un modelo de funcionamiento escolar, significando la tarea pedagógica como una propuesta de enseñanza ya aprendizaje de contenidos escolares.

Se debe tomar conciencia de que los niños pequeños necesitan cuidados especialmente planificados para ellos, no una versión en escala reducida de un programa diseñado para niños mayores.

La tarea del maestro de una institución maternal es compleja, ya que se encuentra permanentemente sometido a demandas de afecto que no siempre está en condiciones de responder.  Los bebés son demandantes, piden exclusividad, brazos, atención en forma casi permanente.  Cuando no reciben una respuesta adecuada o cuando no logran adaptarse al nuevo entorno institucional, es común que reaccionen con angustia, protesta y llanto.  Estos términos –angustia, protesta, llanto-, que en un principio nos evocan una sensación de extremo malestar, por el mero acostumbramiento pueden ir paulatinamente perdiendo su significado.  La exposición constante a las problemáticas de los niños que se encuentran bajo cuidados institucionales provocan que aun el profesional mejor intencionado se habitúe a los estados de ansiedad de los niños y se defienda de la preocupación que estos le causan.  Si el docente evita la preocupación, buscando explicaciones que lo tranquilizan momentáneamente, pierde la motivación para descubrir qué es lo mejor para el niño.  Esto nos lleva a pensar en la formación de los docentes como un tema clave.

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